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Apocalipsis Zombie - Un relato de Carmen Natalia Pérez Noriega

 


Es el apocalipsis zombie. Ha ocurrido algo para lo que nadie estaba preparado: los zombies  hablan y tienen mucho que decir.

El hambre era un sonido voraz que salía disparado como un grito a través de mis vísceras. Esa sensación, sumada al martillazo constante en mi cerebro, me hacía sentir inanimado, despojado de cualquier sentido de pertenencia sobre mis propias emociones.

No me había percatado aún de en qué me había convertido. El apocalipsis se había deslizado sigilosamente y, como un gusano microscópico, se fue multiplicando hasta transformar cada parte de mí, sumergiéndome en un mundo donde ya nada podía controlar.

Salí desorientado, con manos temblorosas y grisáceas, buscando algún alimento que calmara el estruendo de mi estómago y la ambigüedad de mis sienes. Al pasar frente a una tienda, mi imagen se reflejó en un cristal. ¿Ese era yo? No podía creerlo: un despojo cubierto de harapos, con ojos tan profundos que parecía que las órbitas hubiesen desaparecido.

De repente, al fondo, vi un juguete. Era un pequeño avión que sacudió de inmediato mi memoria y me transportó al mejor tiempo de mi vida. Las imágenes inundaron mi mente; la humanidad apareció como un destello rescatado del olvido. Ya no era solo un cuerpo, un trozo de carne en movimiento. Ese lado humano, que creía destruido, dio una respuesta inesperada: me lancé sobre aquel juguete como si fuese una máscara de oxígeno que me permitía respirar de nuevo.

Mis manos lo tocaron despacio, rozándolo con los dedos por temor a dañarlo. Hubo una detonación en mi memoria y la nostalgia emergió, disparando una señal sepultada bajo una inexistencia forzada. ¡Era humano! El sentimiento no se había ido; solo estaba sumergido en el silencio.

Al salir del mutismo de mis recuerdos, elevé la mirada y vi reflejadas en el vidrio cinco figuras detrás de mí. Di media vuelta para encontrarme con sus ojos fijos en los juguetes. Por un momento, sus miradas tuvieron una luz brillante; me observaban, quizá reconociendo en mí lo mismo que yo veía en ellos. Aquellos zombies sentían. Podían, al igual que yo, salir del letargo gris y de ese sopor envolvente que nos mantenía suspendidos.

Un grito rompió el silencio. Uno de ellos comenzó a agitarse, moviendo su cuerpo como si quisiera desprenderse de algo, luchando por salir de un cascarón que lo mantenía en agonía, sin aire. Entonces, todos se movieron igual.

Comprendí que todos teníamos algo que decir; algo que ya no se podía ocultar y que ahora salía a la luz con una fuerza renovada.

Habían intentado transformarnos, cambiar nuestros pensamientos y someternos a su antojo hasta convertirnos en seres casi inanimados, perdidos en nuestro propio infinito. Pero no tomaron en cuenta la invisibilidad del amor, del sentimiento y del espíritu. Solo podían atrapar lo visible; todo lo demás les resultaba inalcanzable.

El amor, como esencia, no puede ser capturado. Su fuerza no tiene fórmula conocida y nada se puede hacer contra lo que no se comprende; simplemente existe y se expande sin tregua. Lograron cambiar nuestra apariencia y ralentizar nuestra biología, pero la emoción que emite el amor —ese sonido que conmueve y aviva las fibras más profundas— nunca podrán atraparlo.