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No más permisión ni sumisión - Un relato de Olivia Brazón


Eusebio y Azucena se casaron cuando él tenía 36 años y ella 16, su matrimonio pagaba la deuda que, Ceferino, el padre de Azucena, había adquirido por las tantas apuestas perdidas en la gallera. Su adicción a las peleas de gallo, lo llevaron a perder sus bienes materiales y a entregar a su única hija al hombre que lo sacó de apuros tantas veces.

Azucena era la joven más codiciada del lugar por ser alta, de piel blanca, cabellos castaños y lacio, ojos color caramelo, de andar lento, voz suave  y de trato amable.

Esteban un hombre de negocios, de poco hablar, baja estatura, tez morena, espalda ancha, manos grandes y ásperas.

Al principio del marimono, Esteban trataba a su esposa como una princesa; los mejores vestidos, perfumes, regalos y comidas frecuentes en el restaurante que tenía en sociedad con Antonio. Era su forma de presumir de la mujer que tenía, sin embargo, su esposa no le correspondía como él esperaba y pronto comenzó a buscar los placeres fuera de casa y a llegar totalmente ebrio y mal oliente,  incrementando así el rechazo de  Azucena, lo que llevó a Esteban a convertirse en un hombre amargado, violento y maltratador.

La salud de Esteban fue mermando y una madrugada en medio de una calurosa discusión  se desplomó en el piso con sus manos agarrando su pecho. Ese día transcendió. Azucena juró en ese momento no casarse nunca más.

En los días subsiguientes, al Azucena irse a dormir, comenzó a percibir que alguien se sentaba a un lado de su cama, no le producía miedo por lo que realizaba sus oraciones y se dormía profundamente. 

Antonio, el socio de su esposo comenzó a visitarla, inicialmente con la excusa de ponerla al tanto de los avances del restaurante y otros negocios que compartía con Esteban. Las visitas se fueron haciendo frecuentes y amenas. Antonio sabía que Azucena no había sido amada y valorada como lo merecía. Él podía sustituir a Esteban. Tanto ella como él, habían enviudado.

Dos años posteriores a su viudez,  Azucena aceptó el amor que Antonio le ofrecía. Prepararon una boda sencilla con pocos amigos que celebraron en el restaurante.

Era pleno mediodía, las mesas estaban distribuidas de forma semicircular mirando al frente en donde se encontraban sentados los nuevos esposos con sus copas de Champaña burbujeante, además de un gran vaso de agua en el centro de la mesa,  listos para el brindis.

Antonio, se levantó de la silla y llamó la atención de los invitados. Alzando su copa, conjuntamente con Azucena expresó: 

—¡Es hora del brindis! 

En ese instante el vaso sonó como si una fuerza invisible lo hubiera lanzado al piso, expandiéndose los trozos de vidrio por el lugar, dejando ver el agua dispersarse, seguido de un sonido agudo de algo o alguien triturando los pedazos de vidrio lo que generó un grito de horror de los asistentes al comprobar que no había nadie visible que ejecutara la acción, quedando todos como petrificados.

Azucena con firmeza tomó una respiración profunda y armándose de valor  exclamó:

—¡Esta vaina se acaba aquí!

—Esteban, ya tú no perteneces a este plano, estás muerto, toma tus impresiones y vete de aquí. Yo estoy viva y elijo vivir mi vida con éste hombre que me ha enseñado lo que es el amor.

Todo quedó en un silencio sepulcral, interrumpido por Azucena, quien se dirigió a sus invitados diciendo: 

—Él no regresará nunca más, podemos seguir con el brindis, ¡Todos a disfrutar! 

Acto seguido se escuchó: 

—¡Que vivan los novios!  

Y la música comenzó a sonar.