Les cuento sobre la crónica de hoy. Todo comenzó por culpa de una palabra que me asaltó mientras leía sobre personajes ilustres: COMENSAL.
La curiosidad me llevó entonces por los senderos de la biología, donde me topé con el espinoso tema de los parásitos.
Resulta curioso que la palabra "parásito" derive del griego parásitos, un término que originalmente tenía un matiz mucho más amable: significaba simplemente "convidado" o "compañero de mesa". Pero, ¡vaya cómo cambian los tiempos!
Según los que saben de letras, el término comensal —o comensales, si la mesa está llena— proviene del latín cum (con) y mensa (mesa). En rigor, se refiere únicamente a quienes comparten el pan en un mismo espacio, sin que eso implique, necesariamente, vivir a costillas del prójimo como hacen los parásitos de oficio.
Mi amigo, el del rancho, suele explicarme que tanto en el reino animal como en el vegetal existe el parasitismo, pero también el comensalismo, y que es vital no confundir la gimnasia con enchufado. En biología, el COMENSAL es aquel organismo que vive unido a otro sin devorarlo ni robarle el sustento; es decir, sin "chuparle la sangre", como decimos en el pueblo. El comensalismo es una asociación armoniosa donde, por lo general, ambos salen ganando.
Basta con mirar los documentales de Animal Planet. Allí aparece siempre la rémora, la personificación del comensalismo: se adhiere al cuerpo del tiburón con una ventosa solo para aprovechar las sobras que al gran depredador se le escapan. Lo acompaña en su viaje, limpia sus restos y no le causa el menor perjuicio.
Por eso, llamar "parásitos" a los comensales denota una falta de urbanidad y buenas costumbres que haría que el mismísimo señor Carreño se revolcara en su tumba con todo y manual.
Claro que, si nos vamos a las licorerías de Caicara, la cosa cambia. Allí lo que sobran son catchers. Parafraseando al recordado (+)Cheo Querepe cuando alguien pedía una ronda de cervezas: "¿Y la mía?". Esos ya entran en otra categoría biológica.
SIN DUDA, EL TIPO SABE
