Ir al contenido principal

La infancia abandonada, algo que los semáforos no ven


Hay una imagen que se repite en cada ciudad de América Latina, en cada cruce de avenida, en cada plaza que intenta ser un remanso de paz. Es la imagen de un niño que, en lugar de llevar una mochila al hombro, carga un balde de agua y un trapo sucio. Cuando el semáforo se pone en rojo, comienza su jornada. Corre entre los vehículos, se agacha, limpia un parabrisas que a menudo está más limpio que sus manos, y extiende la palma esperando una moneda. A veces la recibe. A veces, no. Y cuando el semáforo cambia a verde, se retira a la acera, donde el sol o el frío lo esperan con la misma indiferencia que la ciudad.

En abril, mientras en muchos países se celebran fechas que invitan a la alegría y la conmemoración, hay una efeméride que nos obliga a bajar la mirada: el Día Internacional de los Niños de la Calle. Una fecha que no está hecha para celebrar, sino para recordar. Para recordar que existen, que son miles, que cada uno de ellos tiene un nombre, una historia, y que la sociedad ha decidido, en su silencio cómplice, convertirlos en parte del paisaje urbano.

El problema de los niños de la calle no es nuevo, pero ha mutado y se ha agravado. La pobreza estructural, la violencia intrafamiliar, el colapso de los sistemas de protección infantil y las migraciones forzadas han expulsado a una generación entera a la intemperie. No son niños que juegan en la calle; son niños que viven en la calle. Para ellos, el asfalto no es un escenario de juegos, sino el techo que les falta, la cama que no tienen, la única geografía que conocen. Dormir bajo un puente, ocultarse entre los bancos de una plaza al caer la noche, compartir una caja de cartón con otros niños que tampoco tienen adónde ir: esa es su realidad, mientras el resto de la ciudad duerme protegida entre cuatro paredes.

Y sin embargo, el fenómeno no es solo social; es también moral. Porque lo que define la relación de nuestras sociedades con estos niños no es solo la indiferencia, sino la criminalización. A menudo se les llama "choros", "desechables", "problemas del orden público". Se les empuja de un lugar a otro con mangueras de agua fría o con discursos que confunden la vulnerabilidad con la amenaza. Nadie se pregunta cómo llegaron allí. Nadie se pregunta quién falló primero: si la familia que debió contenerlos, el Estado que debió protegerlos o una comunidad que ha naturalizado la injusticia al punto de ya no verla.

El Día Internacional de los Niños de la Calle, que se conmemora cada 12 de abril, fue establecido precisamente para romper esa invisibilidad. No es un día para sentir lástima, sino para exigir políticas públicas concretas: albergues que no sean cárceles disfrazadas, programas de reinserción familiar que no sean burocracia vacía, educación que busque activamente a quienes han sido expulsados del sistema. Pero también es un día para que cada ciudadano se pregunte qué hace cuando un niño golpea el vidrio de su auto en un semáforo. ¿Gira la cabeza? ¿Le da una moneda creyendo que con eso salda su conciencia? ¿O se atreve a verlo, a reconocer que ese niño es también un hijo de esta ciudad?

No se trata de romantizar la calle ni de caer en un asistencialismo que no resuelve las causas profundas. Se trata de entender que la presencia de un niño en la calle no es un hecho natural ni inevitable. Es el síntoma más cruel de una sociedad que ha fracasado en su deber más elemental: proteger a los que no pueden protegerse solos.

Cada niño que duerme en una plaza es una acusación silenciosa. Cada mano que se extiende en un semáforo es un espejo en el que deberíamos mirarnos. Porque mientras haya un solo niño que prefiera el riesgo de la calle al peligro de su casa, o que simplemente no tenga ni una ni otra, ninguna celebración será completa. Ningún país podrá llamarse civilizado.

Este abril, que el Día Internacional de los Niños de la Calle no sea una fecha más en el calendario. Que sea un punto de inflexión. Porque la verdadera medida de una sociedad no está en la altura de sus edificios, sino en cómo trata a quienes no tienen donde caerse muertos. Y sobre todo, a aquellos que ni siquiera han tenido oportunidad de empezar a vivir con dignidad.