Cada vez que un niño o una niña abre un libro por primera vez, no solo está pasando hojas: está inaugurando un mundo. En sus manos sostiene no solo papel y tinta, sino la llave de entrada a un territorio donde el lenguaje aún no está domesticado, donde las palabras tienen el poder de nombrar el miedo, la sorpresa o la alegría por vez primera. Ese acto, aparentemente sencillo, es uno de los más trascendentales de la cultura. Y sin embargo, quienes asumen la responsabilidad de construir ese universo —los escritores de literatura infantil— suelen ser vistos, erróneamente, como artesanos creadores de algo sin valor.
En abril, cuando celebramos el Día Internacional del Libro Infantil, en algunos países, las librerías se visten de colores, las instituciones organizan ferias y los mediadores de lectura redoblan sus esfuerzos. Es una fecha hermosa, necesaria, pero corremos el riesgo de volverla rutinaria si no aprovechamos para hacer una pausa incómoda: ¿Quién está escribiendo hoy para la infancia? ¿Y, sobre todo, por qué no hay más escritores —de los grandes, de esos que conocemos por sus novelas para adultos— dedicando tiempo y talento a este género?
Escribir para niños no es un género menor, sino un género fundacional. Si la literatura tiene la misión de enseñarnos a habitar el mundo y el lenguaje, los libros infantiles lo hacen desde el origen. No hay cursos de escritura creativa que sustituyan la sensibilidad necesaria para escribir un álbum ilustrado, donde cada palabra pesa como un ladrillo y cada silencio es parte de la historia. Tampoco existe una fórmula mágica para escribir una novela juvenil que respete la inteligencia del lector sin subestimarla. Este oficio exige la misma exigencia estilística, la misma profundidad psicológica y el mismo rigor narrativo que cualquier obra destinada a adultos. Solo que añade un desafío extra: la honestidad radical. Un niño detecta la falsedad emocional con una precisión que un crítico literario envidiaría.
Sin embargo, en el ecosistema literario actual, persiste una jerarquía tácita. Muchos autores consolidados consideran el salto a la literatura infantil como un “descanso” de la escritura seria, o peor aún, como un gesto comercial para ampliar mercado. Esa mirada condescendiente es un lujo que no podemos permitirnos. Necesitamos que los mejores narradores, los poetas más sutiles, los pensadores más lúcidos se asomen al abismo de la página en blanco con la mirada puesta en un lector que está formando, al mismo tiempo, su gusto estético y su sistema ético.
La celebración de este mes debería ser, entonces, más que un homenaje: una invitación urgente. Una llamada a los escritores y a las editoriales, para que consideren la literatura infantil no como una rama secundaria, sino como el tronco mismo del árbol literario. En un momento en el que la infancia está sitiada por pantallas que ofrecen gratificación inmediata y narrativas fragmentadas, la voz de un escritor que toma en serio la mente de un niño se vuelve un acto de resistencia cultural.
Escribir para ellos es construir un refugio contra la prisa. Es alimentar la imaginación. Es aceptar que una historia puede ser la primera vez que alguien descubre que no está solo en sus miedos, que la tristeza puede tener forma de poema o que la valentía cabe en una frase breve. Es, en definitiva, ejercer la forma más alta de empatía: imaginar cómo será el mundo para quienes recién empiezan a entenderlo.
Que este abril no sea solo un mes de efemérides. Que sea un momento para que editores, agentes literarios y, sobre todo, escritores, se pregunten qué legado están dejando en las estanterías destinadas a quienes aún están aprendiendo a leer. Porque si la infancia es el tiempo de las preguntas fundamentales, la literatura infantil debería estar escrita por quienes aún no han olvidado que las grandes respuestas —como las grandes historias— no admiten superficialidades.
Ojalá que este año, y los siguientes, veamos a más autores consagrados cruzar ese puente. No para simplificarse, sino para volverse esenciales. Al fin y al cabo, todos los lectores que amamos los libros somos, en el fondo, hijos e hijas de aquel primer libro que nos tomó en serio.
