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El arriero - Un relato de Ramón Azocar


 Había un eclipse lunar. Apenas se filtraba un tenue foco de luz a través del ventanal de una de las diez casas, con techo de carrizo y paredes de bahareque que formaban el vecindario, de esos tantos que abundan en nuestros llanos venezolanos. Allí no había falsedad, ni egoísmo; todo era una envidiable unión familiar.  Generalmente habitaban unas cinco personas, donde practican el refrán: "una mano lava la otra, y las dos lavan la cara". En una de esas viviendas habitaba la señora Rosario, mujer de facciones amestizadas con fuertes brazos, formados en el quehacer hogareño y en las duras faenas del campo. Compartía su vida con su esposo Carmelo y sus dos hijos, Arístides de nueve años y Enrique de doce, quienes habían salido a visitar a unos parientes cercanos, mientras ella permaneció en la casa echándole un ojo a las pertenencias que allí tenían. 

De pronto, se escucharon unos gemidos ensordecedores que casi revientan los tímpanos de Rosario, quien dispuesta a averiguar qué acontecía, abrió la puerta trasera de la casa y con pasos sigilosos se dirigió al lugar de donde provenían los gemidos, que por fracciones de segundos le paralizaron la respiración. 

A medida que se acercaba al sitio de los acontecimientos, más nerviosa se ponía. Al fin se percata de que era un caballo atascado en las arenas movedizas de una laguna en las cercanías de su hogar. 

Inmediatamente regresó en busca de ayuda con tan buena suerte que, a esa hora, ya estaban de vuelta su esposo y sus hijos. Ellos, junto con otros vecinos, corrieron al sitio, salvando al animal de una muerte segura. 

Una vez fuera de peligro, el caballo los miró con ojos desorbitados y dejando escapar dos lagrimones, como agradeciéndoles el noble gesto que acababan de realizar.

Todos sonrieron y sus rostros se iluminaron de inmensa alegría. 


El caballo nació por segunda vez.