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El pequeño vagabundo esperanzado - Un relato de Ronald Cazorla

 


Érase una vez, encontrándome sentado en la plaza central del pueblo donde nací y seguramente moriré, conversando de mil y una cosas tontas con una amiga de la juventud, cuando de pronto esta chica notó la presencia de un perro vagabundo, hurgando en unos contenedores de basura ubicados a cierta distancia de nosotros. Al observar aquello, ella percibió las necesidades del colmilludo canino sin amo ni hogar y conmovida tomó las sobras de su almuerzo para dar algo de comer y beber a aquel perrito desamparado de la mano humana. Después de ir y venir desde su asiento hasta los vertederos para servirle el ágape al cuadrúpedo, regresando, la caritativa mecenas me comentó que viéndolo de cerca era evidente que el perrito ameritaba ayuda porque se encontraba en muy mal estado, estaba sucio, tenía la piel corroída por la sarna y el cuello rodeado por una cuerda amarrada de la que pendía un limón a modo de dije colgante. De inmediato recordé que cuando niño mi supersticioso abuelo, me contaba que aquello del improvisado collar cítrico, era un remedio efectivo para secar las excoriaciones producidas por aquel mal cutáneo en la piel de los caninos callejeros. Pasado el asunto, retomamos la afable tertulia, pero minutos más tarde notamos que el perrito se acercó hasta ambos a un trayecto prudencial, observando directamente a su atenta salvadora, entonces ella exclamó interrogante dirigiéndose a él ¿Qué quieres de mí amiguito? Ya no tengo más para darte. Aun así, el perro continuó mirándola y después de un rato, se echó muy cerca, a la sombra del mismo árbol que nos cobijaba la distendida plática. Luego entre cháchara y cháchara transcurrieron quizás un par de horas, hasta que nos levantamos de cada uno de nuestros respectivos asientos y el perro, al vernos, nos imitó. Caminamos algunos pasos hacia la parada de buses y el perro lo hizo también. Nos despedimos, ella subió a un bus y entonces fue cuando observé al perro irse a toda marcha, persiguiendo frenéticamente al colectivo dentro del cual ella partió. 

Muchas veces escuché de historias acerca de la lealtad, la capacidad de amar y el apego emocional que son capaces de desarrollar los perros, pero confieso que aquella situación, en su momento, me pareció sumamente absurda, rayando en lo ridículo. Quizás por ello, el asunto ha permanecido todos estos años rumeando en mis recuerdos. En alguna ocasión, tras haber comentado la anécdota, palabras más, palabras menos, alguien me dijo “es que hasta los perros necesitan amor”.