Casi finalizando el segundo día de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven) en su capítulo Monagas, fuimos testigos de un regaló, un momento que bien podría definirse como una visita de otro planeta. Así lo sintió la poeta Carmen Natalia Pérez Noriega cuando subió al escenario para presentar “El registro de las sombras”, la más reciente obra de la escritora Naiz Francia Jiménez, una mujer que, según confesó su presentadora, trabaja en silencio, con la constancia de una hormiga, haciendo grandes maravillas desde un rinconcito, sin alardes egocéntricos.
El espacio donde se llevó a cabo la actividad se llenó de una energía especial, de esa que solo se genera cuando la amistad, la admiración y la literatura se dan la mano. Carmen Natalia, con su estilo directo y sin filtros —como ella misma se define—, asumió el compromiso de presentar a una autora que, confesó, viene de un planeta diferente al suyo. Y lo hizo con la honestidad que la caracteriza, convencida de que hay amistades que son regalos cósmicos, encuentros inexplicables que la vida concede para recordarnos que no estamos solos en esta vida.
Carmen Natalia abrió su intervención con una declaración que despertó la sonrisa cómplice del público: "Es algo especial, es como cuando uno está presentando a alguien de otro planeta". La frase, lejos de ser un simple recurso retórico, condensaba años de una amistad que ella misma describió como "de hace mil años". Dos mujeres que, provenientes de planetas diferentes, encontraron en este mundo un punto común para construir un vínculo sólido, hecho de solidaridad, de apoyo mutuo y de una sensibilidad compartida que trasciende las palabras.
Con evidente orgullo, Carmen Natalia confesó: "Me siento orgullosísima de presentar la obra de una mujer que es como una hormiga, que trabaja en silencio, porque la gente que trabaja como ella, hace grandes maravillas". La metáfora de la hormiga no fue casual: hablaba de una creadora que no necesita el ruido ni los reflectores, que prefiere el trabajo callado, el oficio que se va tejiendo desde la humildad y la constancia. "Todo el que trabaja desde un rinconcito con humildad, sin hacer alardes egocéntricos —sentenció— hace de su arte una maravilla".
A lo largo de su presentación, Carmen Natalia fue desgranando, como quien abre un cofre, las múltiples facetas de Naiz Francia Jiménez. Habló de la administradora de su casa, de la mujer que se levanta a las cuatro de la mañana para enfrentar el día con disciplina y entrega. Habló de la madre cuyo hijo está próximo a graduarse de médico, un logro que habla también de la dedicación silenciosa con la que ha criado y acompañado. Habló de la vegana, de la hija siempre pendiente de su madre, de una mujer cuya espiritualidad es tan profunda que "ni siquiera necesita expresarse porque su misma piel lo transmite".
Fue un retrato que pintaba a una mujer completa, de esas que sostienen mundos con su rutina diaria, que hacen de lo cotidiano un acto sagrado. Pero también fue un retrato que revelaba a la escritora: "una recolectora del intangible", como la definió Carmen Natalia, alguien que se adentra en lo que no se ve, en lo que apenas se intuye, para convertirlo en palabra.
Al hablar de la obra, Carmen Natalia utilizó expresiones que fueron abriendo puertas hacia el contenido de Registro de las sombras. La describió como "una interrogante ante la pasividad", "un ejercicio de autodescubrimiento y orden interno", "la precisión personal". Fueron definiciones que invitaban al público a entender que este libro no era un simple compendio de poemas o relatos, sino un instrumento de exploración interior, un mapa trazado por alguien que ha decidido enfrentarse a sus propias sombras con valentía.
"Nosotras —reveló Carmen Natalia, en una confesión íntima que conectó con los presentes— hemos hecho inventario de nuestras sombras inalcanzables, transformando la desesperación en un acto de resistencia poética". La frase resonó con fuerza en el recinto, porque en ella se condensaba una verdad universal: todos tenemos sombras, todas enfrentamos desesperaciones, pero convertirlas en poesía, en arte, en resistencia, es un acto de profunda humanidad.
Y entonces llegó una de las frases más contundentes de la presentación: "Ser individuales sin voluntad no es más que una sentencia de muerte". Carmen Natalia pronunció estas palabras con la convicción de quien sabe que la voluntad, el ejercicio consciente de ser uno mismo, es lo que nos mantiene vivos, lo que nos permite transformar la oscuridad en materia creativa.
Al finalizar su intervención, Carmen Natalia cedió la palabra a Naiz Francia, quien seguramente sintió en el abrazo de las palabras de su amiga el respaldo de años de complicidad. El público, que había seguido cada frase con atención, aplaudió con calidez, reconociendo en aquel acto algo más que la presentación de un libro: una celebración de la amistad, del trabajo silencioso, de la literatura como herramienta para nombrar lo que a veces preferimos ocultar.
Porque El registro de las sombras es precisamente eso: un acto de valentía que se atreve a mirar de frente aquello que no siempre queremos ver, a hacer inventario de nuestras propias oscuridades, a transformar la desesperación en un ejercicio poético que, lejos de hundirnos, nos sostiene.
Naiz Francia Jiménez, esa mujer que trabaja como hormiga desde su rincón, sin estridencias, con la humildad de quien sabe que el arte verdadero no necesita alardes, nos entrega un libro que es, como bien lo expresó Carmen Natalia, una maravilla. Y lo hace desde una vida dedicada a los otros —su hijo, su madre, su casa—, pero también desde la fidelidad a su propia sensibilidad, a esa condición de espíritu que, según su amiga, se transmite a través de la piel.
Cuando la presentación concluyó y los asistentes se acercaron a felicitar a la autora, quedó flotando en el aire la certeza de que El registro de las sombras no es un libro más en la vasta oferta de la Filven Monagas 2026. Es un testimonio, una conversación íntima entre la autora y sus lectores, una invitación a hacer nuestro propio inventario de sombras, a transformar la pasividad en interrogante, la desesperación en resistencia.
Naiz Francia, esa "recolectora del intangible", ha logrado con esta obra lo que toda escritora desea: convertir lo personal en universal, hacer que sus propias búsquedas resuenen en otros, demostrar que trabajar desde la humildad no es renunciar a la grandeza, sino entender que el arte verdadero se construye con paciencia, con constancia, con la disciplina de quien se levanta a las cuatro de la mañana para seguir tejiendo, verso a verso, sombra a sombra.
Carmen Natalia Pérez Noriega, con su ausencia de filtros y su generosidad para el elogio sincero, nos recordó que la literatura también se construye desde la amistad, desde la admiración compartida, desde la certeza de que hay personas que llegan a nuestras vidas para quedarse, para sostenernos, para ayudarnos a hacer el inventario de nuestras propias sombras.
Porque al final, como bien lo expresó aquella tarde, ser individuales con voluntad es la única manera de no sucumbir. Y Naiz Francia, esa hormiga que trabaja desde el rincón, nos demuestra que la voluntad puede ser silenciosa, pero no por eso menos poderosa.





