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La sensación de la FILVEN - El jovencito Salvatore D'Amaro

 


Siempre, en todo evento, hay un rostro que hace historia, que trasciende. En la Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN) capítulo Monagas 2026, ese rostro fue joven, tenía quince años, llevaba una mochila de bachillerato y una sensibilidad poética que desarmó a propios y extraños. Su nombre: Salvatore D'Amaro, un adolescente que llegó a la feria para una simple participación, sin saber lo que le esperaba y sin proponérselo, se convirtió en la figura más emblemática.

Todo comenzó en el acto inaugural. Frente a las autoridades del estado, entre discursos protocolares y la expectativa de una multitud, Salvatore se paró frente al micrófono y leyó un poema de su autoría. No hubo artificios, no hubo pose. Solo su voz, todavía atravesando la adolescencia, y unos versos que parecían venir de mucho más allá de sus quince años. El público, que minutos antes estaba disperso en conversaciones paralelas, se silenció. Las autoridades, entre ellas el gobernador Ernesto Luna y la directora de cultura Fanny Villarroel, escucharon con atención. Y cuando terminó, el aplauso fue unánime, cálido, cargado de sorpresa.

Ese fue el inicio. Pero no el final. Salvatore no se conformó con una sola aparición. A lo largo de los tres días de la FILVEN, su presencia se hizo constante en la sala de conferencias, en las presentaciones de libros, en las charlas que reunían a escritores consagrados y público diverso. Cada vez que se le pedía leer, accedía. Cada vez que se le invitaba a opinar, lo hacía con una madurez que contrastaba con su edad. Los asistentes comenzaron a reconocerlo, a seguirlo, a preguntar por él. Los escritores más veteranos lo miraban con la emoción de quien ve en un joven la continuidad de un oficio que aman.  Y fue entonces cuando Néstor Curra, escritor y editor, sintió que aquello merecía ser registrado. Impresionado por su juventud, por su desenvoltura ante el público y por la calidad de sus versos, decidió sentarse con Salvatore para una entrevista que terminaría siendo uno de los momentos más recordados del evento.

El diálogo entre Curra y Salvatore fue, ante todo, un encuentro generacional. Curra, con la experiencia de quien ha dedicado su vida a la palabra, supo hacer las preguntas justas. Y Salvatore, con la frescura de quien está descubriendo el mundo, respondió con una honestidad que conmovió a los presentes.

Todo comenzó con la lectura de un poema. Salvatore eligió Aprovecha el día, y sus versos volvieron a llenar el espacio:

"No te detengas, aún tienes el privilegio de dar pie a la valentía, de transformar tus lágrimas en la fortaleza que cubre el centro de tu alma, que resplandezca tu vida para lograr con fuerza aprovechar el día."

Curra sonrió y comentó: "Aprovecha el día, que es aprovechar la vida, ¿no? Y hablando de los jóvenes, creo que viene muy bien para que los jóvenes aprovechen". Era el preámbulo perfecto para adentrarse en la historia personal del joven poeta.

Curra preguntó por el origen de su cultura lectora, por los responsables de que Salvatore hubiera comenzado a leer y a escribir. Y la respuesta fue una revelación. Salvatore confesó que al principio no sabía que lo que escribía era poesía. "Yo simplemente escribía pensamientos", dijo con una sencillez desarmante. Contó cómo, en medio de un entorno alejado del conocimiento y la cultura, encontró un libro de Amado Nervo, el poeta mexicano, cuyos textos en verso lo cautivaron por su veracidad y por las metáforas que le gustaba descifrar. Fue allí, en ese encuentro con Nervo, donde empezó a entender que lo suyo tenía nombre.

Pero luego, Curra quiso ir más allá. Preguntó por las personas que lo habían formado, por aquellos que, más allá de los libros, habían depositado confianza en él. Salvatore mencionó a su madre, pero después hizo una pausa y dijo: "Creo que el principal culpable de esto fue mi abuelo, mi abuelo, que es como un papá para mí. Él nunca me dio un libro en la mano, pero él sí me ayudó a que yo tuviera un sentimiento, un momento, el cual pudiera expresar al momento de sentarme en la hoja de blanco".

El abuelo se llama Salvatore, como él. Y aunque nunca le entregó un libro físicamente, le entregó algo más profundo: la materia prima con la que se construye la poesía, la emoción, el momento, la confianza en que lo que se siente merece ser dicho.

Curra quiso saber también sobre los maestros que había encontrado en su camino, sobre esas figuras que lo habían acogido y guiado. Salvatore habló entonces de su llegada a un taller literario, de ser aceptado "con más que las manos abiertas, con más que los oídos atentos a mis palabras". Recordó cómo su madre le preguntaba qué hacía rodeado de adultos, y cómo él respondía con una frase que se convertiría en uno de los momentos más bellos de la entrevista: "No, no estoy rodeado de adultos, estoy rodeado de compañeros de amor, compañeros de pasión".

Curra celebró la expresión: "Compañeros de pasión. Qué maravilla". Y Salvatore profundizó: en ese espacio, los escritores lo arroparon, lo abrazaron, lo ayudaron a salir de "la ignorancia literaria" en la que se encontraba, cuando era simplemente "un chamo que se metía en su cuarto a leer, a escribir y a tratar de hacer un pensamiento simbólico de sus pensamientos y sentimientos".

Uno de esos compañeros, el maestro Rogelio León, tuvo un gesto que Salvatore nunca olvidaría: se acercó a saludarlo y le dijo que iba a dar su tiempo a asegurarse de que él fuera grande en este mundo. 

"Cultivar la palabra", precisó Curra. "Exactamente", respondió Salvatore. "Que confiaba en mí principalmente."

Antes de despedirse, Curra le pidió un mensaje breve para todas las juventudes venezolanas. Salvatore, fiel al espíritu de su poema, dijo: "Que aproveche el día y que vivan más que nunca, que estamos en una etapa gloriosa que podemos gozar como es debido."

Curra cerró la entrevista con una frase que parecía resumir todo lo vivido: "Estamos en una nueva civilización." Y no era para menos. Porque aquel joven de quince años, que alguna vez escribió "pensamientos" sin saber que era poesía, que fue acogido por compañeros de pasión, que encontró en su abuelo y en Amado Nervo y en Rogelio y en tantos otros las semillas de su vocación, representaba algo más que un caso aislado de talento precoz. Representaba la posibilidad de que, en medio de las dificultades, la palabra joven siga brotando, buscando cauce, negándose a ocultarse tras el miedo.

Cuando la entrevista terminó, Salvatore D'Amaro ya era, para todos los asistentes, mucho más que un estudiante de bachillerato que había leído un poema en la inauguración. Era la sensación de la feria, el rostro de una generación que reclama su lugar en el mundo de las letras, la prueba viviente de que la poesía no entiende de edades ni de títulos académicos, sino de honestidad, de pasión y de la valentía de decir lo que se siente.

La FILVEN Monagas 2026 tuvo muchos libros, muchas presentaciones, muchas voces. Pero tuvo también a Salvatore D'Amaro, el joven poeta que nos recordó que aprovechar el día es, en el fondo, aprovechar la vida. Y que la poesía, cuando nace del corazón, no conoce de edades.