La presentación del poemario "Jardines húmedos" de la poeta Jacqueline Padrón, se dio en el marco de la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filven) en su capítulo Monagas, gracias al impulso de una comunidad de escritores que entienden la literatura como un acto colectivo y de profundo humanismo.
Jacqueline Padrón, miembro del colectivo editorial Tintemoriche y amiga cercana y colaboradora de la Asociación de Escritores Monaguenses (ASOESMO), se presentó ante el público para ofrecer no solo un libro, sino una porción de su alma. La cita reunió a poetas, amigos, familiares y amantes de la poesía en un espacio que pronto se llenó de la emoción contenida que precede a los grandes momentos.
La presentación estuvo a cargo del también escritor y editor Néstor Curra, quien demostró una vez más su versatilidad y sensibilidad al conducir este acto con la solemnidad que merece la poesía y la calidez que exige la amistad. Acompañado en el escenario por el profesor Víctor Calderón, artífice y creador de las imágenes que adornan la portada del libro, Curra construyó una presentación que destacó tanto el valor literario de la obra como su dimensión artística integral.
Curra, con la precisión de quien conoce el oficio editorial y la pasión de quien ama las palabras, se detuvo a destacar la calidad de la poesía de Jacqueline en Jardines húmedos. Subrayó las reflexiones contenidas en el prólogo de Jesús Alfredo Maita, un texto que invita al lector a adentrarse en la obra con la disposición de quien está a punto de recorrer un jardín secreto. Sus palabras sirvieron de llave para abrir las puertas de este universo poético, preparando al público para lo que estaba por venir.
Especial mención hizo Curra a la contraportada, donde encontramos una referencia de la poeta Ana Anka, quien describe el contenido de la obra con una precisión conmovedora: "parte de la sabiduría de una mujer madura que se encuentra en una infinita búsqueda de sí misma".
Cuando llegó el momento de que la autora tomara la palabra, Jacqueline Padrón se encontraba tan emocionada que las palabras parecían insuficientes para contener todo lo que sentía. Fue entonces cuando optó por la más sincera de las intervenciones: solo pudo dar las gracias.
Con la voz entrecortada por la emoción, agradeció a los asistentes, a cada una de las personas que llenaron el espacio para acompañarla en este momento tan significativo. También extendió su gratitud a todas aquellas personas que, de una u otra manera, la incitaron a escribir este poemario. Era evidente que Jardines húmedos no era solo un libro, sino el resultado de una red de afectos, de palabras de aliento, de empujones amorosos que le recordaron a Jacqueline que sus versos merecían ver la luz.
Pero la presentación guardaba aún una sorpresa que la convertiría en un acto inolvidable. Para concluir, Jacqueline Padrón, con la generosidad que caracteriza a los verdaderos creadores, decidió que los versos de Jardines húmedos no debían ser solo suyos. Invitó a algunos de los poetas presentes en la sala a subir al escenario para que leyeran algunos de sus poemas al público asistente.
Fue entonces cuando la poesía se multiplicó, cuando las voces de los colegas de Jacqueline se unieron a la suya para celebrar la palabra compartida. Poeta tras poeta, cada lectura fue un nuevo matiz, una nueva interpretación, un nuevo homenaje a una obra que, al ser leída por otras voces, se enriquecía y expandía. El público, atento y emocionado, recibió cada poema como un regalo adicional, como si la presentación se hubiera transformado en una fiesta donde todos eran invitados a participar.
Al finalizar el acto, cuando los aplausos aún resonaban en el espacio, ocurrió una escena que ningún asistente olvidará. Las amigas y compañeras de Jacqueline del grupo Tintemoriche, que habían seguido la presentación desde las primeras filas con los ojos brillantes de emoción, se acercaron a la autora. Estaban tan emocionadas como ella, cómplices de un logro que también sentían como propio.
Y entonces, sin mediar palabra, se abrazaron entre todas. Fue un abrazo colectivo, un nudo de brazos y corazones que selló con la calidez del afecto lo que había sido una celebración de la palabra. Era el abrazo de quienes han compartido talleres, lecturas, madrugadas de escritura y sueños compartidos. Era la imagen perfecta de lo que significa pertenecer a una comunidad literaria: la certeza de que los logros individuales son también colectivos, y que la poesía, cuando nace de la amistad, florece con más fuerza.






