Tenía todas las edades que el almanaque esconde, en la hojarasca de sus cuatro estaciones.
La erosión de los tiempos, había marcado en su cara un mapamundi de carreteras, con surcos y arrugas, por donde corrían, en tobogán de desespero, sus lágrimas, cuando lloraba. Entonces era una vieja sensible y sentimental, que bordaba con su llanto los caminos del dolor.
Y cuando no lloraba, su cara era risueña y reflejaba un oasis, en la aridez humana, que en trampa de bondad, capturaba los resticos de tolerancia, que quedaban en las mentes atribuladas, por la chorrera tormentosa de la existencia.
Y era una niña, cuando perseguía el eco de sus carcajadas, jugando con el perro “Sultán” y su muñeca de trapo.
Se volvió loca, cuando el mar en un bostezo, se tragó sus hijos y escupió el bote en que pescaban. Entonces se encerró en el rancho a llorar y lloró como en el Diluvio, cuarenta días y cuarenta noches; hasta que los hijos se le aparecieron, navegando entre las lágrimas, por el puerto de sus ojos y le pidieron que no llorara más, que ellos estaban bien, pescando sueños para el niño Jesús, en los mares del Señor.
Pasaron muchos años silenciosos, en recorridos de peregrinación, por la rutina del vivir. Isabel, loca y cuerda, vieja y niña, era el alma y el candil, del entorno vivencial y ningún día parecía estar completo, sin el eco de su existencia.
Un día, de esos con vaguadas y encontronazos, de vientos fríos con calientes, amaneció lloviendo y lloviendo pasó el día, pero con largas intermitencias, rotas por las odiosas garúas, con más amagos que agua y el sol, temeroso, se escondió, no se le fueran a mojar los bucles de su cabellera.
Llegó la noche, oscura, huérfana de luceros y de luna. Los nubarrones en moretones de amenazas, comenzaron a desplazarse, como ejércitos en movimiento y a soltar sus aguas, en misiles de ataque.
Los rayos, intermitentes, se desprendían y encabritados bajaban, rajando el cielo, con sus corcoveos en zigzag. Un ventarrón de luz descubría la bóveda negra y tumefacta y la quebrada en vértigo de río, cargando la basura del vecindario y flanqueada por láminas de zinc, que se encendían en cada fogonazo. Enseguida el estrépito aturdidor del trueno, que llenaba de cruces los pechos asustados.
Comenzó a llover de verdad, verdad, a las nueve de la noche, o a las once; no importa el inicio, por el final es que se reza con desesperación:
“…San Bartolomé se paró
pies y manos se lavó
caminos y sendas alumbró
y a Jesucristo encontró………
yo te daré tal don
que en la casa donde fueres nombrado
no caiga piedra ni rayo...”
Y eso fue plantilla de repetición, toda la noche, relámpago y trueno, aguacero y oración, hasta la madrugada, que amainó la tormenta.
El amanecer recoge los pedazos de cielo y lo recompone, limando sus rasgaduras, pero no lo pinta de azul, todavía. Deja de llover y se escurren los caminos, buscando el cauce avaro y hasta el sol, desde su escondite remeda claridad.
La gente salió de sus casas, a ver la creciente de la quebrada, convertida en caudaloso río y el acopio de enseres que transportaba, en cabotaje de tropelías.
Súbito un grito colectivo, en cruzada algarabía, de cada margen del río brotó. Los pechos oprimidos dejaron de palpitar y los ojos desorbitados cayeron al río. La loca Isabel, con alegría de juvenil desparpajo, iba flotando en un colchón, con la muñeca de trapo abrazada, rumbo al mar, a encontrarse con sus hijos.
Desde la orilla, el perro “Sultán”, latiendo, la despedía.